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Monasterio de Santa María de Valdediós


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Bien de Interés Cultural
Monumento Nacional
Patrimonio histórico
Patrimonio religioso
Monasterios

De obligada visita es el conjunto monástico de Santa María de Valdediós, perteneciente a la Orden del Císter, que se encuentra enclavado en el valle del mismo nombre, en el concejo o municipio de Villaviciosa de Asturias, y situado al suroeste de su capital.

Estuvo cerrado y abandonado durante 157 años, hasta el 22 de junio de 1992, fecha del nombramiento del catalán Jorge Gibert como prior de Valdediós, con el encargo de su restauración y revitalización. El 26 de enero de 2009 cerraba sus puertas como convento cisterciense por orden de la Santa Sede, poniendo así fin a ocho siglos de presencia benedictina en el «Valle de Dios».

Información práctica

CÓMO LLEGAR

Existen dos accesos a Valdediós, por carretera:

  • El primero, desde Oviedo por la autovía del Cantábrico, dirección Santander. Saliendo por la salida que indica Lamasanti, después de la de Lieres. Tomando la AS-113 hasta llegar a San Pedro de Ambás, donde está señalizada la desviación al monasterio.
  • La otra posibilidad, partiendo de Villaviciosa, por la AS-113 dirección a Oviedo, a unos 10 km. llegamos a la citada desviación en S. Pedro de Ambás.

Las comunicaciones por autobús, desde Villaviciosa y Oviedo llegan hasta San Pedro de Ambás, debiendo en este caso realizarse a pie el tramo de 1.800 metros que separa S. Pedro Ambás de Valdediós.

Muy sugerentes son las posibilidades de acercamiento a pie, desde la Campa, por el Cordal de Peón, o desde Villaviciosa.

VISITAS AL MONASTERIO

Visitas guiadas:

—Martes a viernes: sólo mañanas, de 11.15 a 13 horas.

—Sábados, domingos y festivos: de 11.15 a 13 h y de 16 a 17.30 h.

—Lunes: cerrado.

La biblioteca y el salón de actos de Valdediós están abiertos al público todo el año.

HOSPEDERÍA

[Véase en nuestro portal la página «Hospedería del Monasterio Cisterciense de Santa María de Valdediós»]

Valdediós

«Sitio propio para quien trata con los moradores del Cielo».

(YEPES, Corón)

Con el nombre de «Valle de Dios» se conoce desde la Edad Media al antiguo lugar de Boiges, una profunda y fértil hondonada que, como un amplio embudo, se abre al suroeste de Villaviciosa, en Asturias. «Valle tan vistoso, ameno y apacible, que parece que en él ha echado Dios su bendición. Sitio propio para quien trata con los moradores del Cielo, como son los padres del Cístel, que ahora residen en aquella casa, y la poseen desde el año de mil y doscientos...» (Yepes, Corón, IV, 261 v).

Enclavado en lo más angosto de este valle se encuentra el monasterio de Valdediós. El conjunto arquitectónico, de variados estilos, es el resultado de una incensante actividad constructora durante los últimos doce siglos. En un primer acercamiento al conjunto monumental, el visitante ya distingue dos elementos bien diferenciados, y que en síntesis podrían quedar expresados así:

1. Lo pequeño. La minúscula —aunque grandiosa— iglesia de S. Salvador, el Conventín, joya inestimable del arte prerrománico asturiano, declarada Monumento Nacional en 1931 y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985.

2. El gran conjunto monástico de Santa María, único de los tres monasterios cistercienses en Asturias que mantiene intacta su estructura (Belmonte, ya desaparecido, y Villanueva de Oscos, en gran parte en estado ruinoso, son los otros dos). Es Monumento Nacional desde 1931.

Reseña histórica

Damus Domino, et Beatae Mariae, Santisque omnibus totam hereditatem de Boiges tan de realengo quan de infantatico ad abbatiam ibidem Cisterciensis ordinis costruendam...

(Alfonso IX de León y su esposa Berenguela, el 27 de noviembre de 1200)

Valdediós, paraje en el que la naturaleza destaca por su exuberancia y prodigalidad, ya sirvió de refugio para los habitantes de la prehistoria. Los hallazgos de cráneos y cerámicas de la «Cueva de Valdediós», estudiados por G. Caveda y Uría Ríu, confirman que el futuro «Valle de Dios» ya estuvo habitado un número indefinido de miles de años.

Los romanos, expertos en la selección de sus asentamientos, escogieron este paraje continuando así con la milenaria tradición de habitar el valle. Las excavaciones efectuadas en 1928 muestran los restos de una villa romana construida con cierto esplendor, pues incluso llegó a estar dotada de termas. Mudos testimonios de aquella época son los fustes de dos columnas depositadas en la sacrística sur de la iglesia de San Salvador.

De las excavaciones también se extrajeron diversas cerámicas y algunas monedas romanas.

La tradición habla de la presencia de un monasterio, en este valle, desde los momentos iniciales de la Reconquista, pero de ello no existe documentación alguna.

En el siglo IX, y con Alfonso III el Magno, se inicia en Valdediós un largo periodo de grandeza y esplendor. Bajo su mandato se construye la iglesia de S. Salvador. Quiere la tradición que a su lado hubiese un monasterio y así lo recogen Carvallo, Yepes, Cuadrado, Martín Vigil y Cotarelo, para quien «sí consta» su existencia. No obstante, no existe de ello prueba documental alguna, y de las excavaciones allí efectuadas nada se obtuvo.

El monarca, al que las crónicas califican como ilustrado por su saber —«sciencia clarus»— escogerá Valdediós como lugar de su retiro: «En efecto, todos los hijos del rey, hecha conjuración entre sí, expulsaron a su padre, que se estableció en el pueblo de Boiges» (Crónica de Sampiro).

El 27 de noviembre del año 1200, el rey Alfonso IX de León y su esposa Berenguela fundan un nuevo monasterio en el lugar de Boiges. Y lo donan a la entonces floreciente Orden del Císter, popularmente conocida como de los «monjes blancos». La nueva abadía queda bajo la advocación de Santa María, como es costumbre en todas las fundaciones del Císter, y el lugar pasa a conocerse desde entonces como Valdediós.

Valdediós, en el fondo de un valle, alejado de toda población y sobre una corriente de agua, reúne los requisitos habituales en las construcciones monásticas del Císter.

El 18 de mayo de 1218 se inician las obras de la iglesia de Santa María de Valdediós y se concluyen en 1226. El monasterio fue fundación predilecta del monarca, quien a lo largo de su vida otorgará más de veinte Cartas de donación, privilegio y confirmación a favor del nuevo monasterio, al que defenderá con energía y contundencia del acoso a que se vería sometido de continuo. «Prevengo a Martino Marcos que, si quiere tener paz y amistad conmigo, no haga mal ni pesar a Valdediós en ninguna ocasión, y aquiétese».

Los privilegios dados por Alfonso I serán confirmados por los sucesivos monarcas, de forma reiterada, hasta bien entrado el siglo XVIII. Igualmente, los pontífices, desde Inocencio III en 1210, hasta Paulo V hacia 1610, no dejarán de proteger con sus bulas el desarrollo y engrandecimiento de este monasterio.

La historia del monasterio de Valdediós está repleta de avatares de distinto signo. A mediados del siglo XV la disciplina monástica sufrió una marcada decadencia, haciéndose necesaria la aplicación de diversas medidas disciplinares.

En 1348 el monasterio es víctima de un voraz incendio, en el que, con parte del edificio, desaparecen valiosos documentos de su archivo.

En 1522 vuelve a ser destruida la fábrica del monasterio: «En este dicho año de mil quinientos veinte y dos, víspera de Nuestra Señora de Septiembre, para amanecer su día, fue grande diluvio esta noche. Entró el agua... e llevóse mucha parte del Monesterio Val-de-Dios y en todo el Concejo de Villaviciosa» (Tirso de Avilés, Cosas notables...).

El año 1516 «este monasterio de Valdediós, que siempre fue muy principal», se une a la Congregación de Castilla, separándose del Capítulo General del Císter. Se trata de un intento serio de reforma para atajar la relajación de la disciplina monástica. Efecto beneficioso de esta medida fue evitar que Valdediós cayese bajo el poder de abades comendatarios.

Alrededor del año 1590 la peste había logrado reducir la población de Valdediós al abad y un monje.

En 1691 «con gran pérdida», el agua de la inundación alcanza los 2 metros con 65 centímetros en la iglesia.

El año 1835 es el de la desamortización. Cesa la vida monástica y se inicia la decadencia material del edificio.

En 1862 se establece en el viejo monasterio el Seminario Mayor, al que se añade en 1877 un Colegio de Segunda Enseñanza. Éste será suprimido en 1923.

El año 1951 vuelve a quedar Valdediós en abandono total. Las estructuras se deterioraron hasta el extremo de amenazar ruina total. La opinión pública se sensibiliza y se desarrolla una campaña titulada «Salvad Valdediós».

En 1986 se inicia la restauración del conjunto monástico. La realiza el Gobierno regional de Asturias a través de una Escuela Taller dependiente de la Consejería de Industria, Empleo y Turismo, y del INEM.

El 29 de julio de 1992 se restaura la vida monástica, volviendo a Valdediós la Orden del Císter.

Valdediós. Secuencia constructiva de los actuales edificios

La belleza, noble señor, no es tanto una cualidad del objeto observado cuanto un efecto sobre el observador.

(BARUCH DE SPINOZA, Carta)

S. IX: Iglesia de San Salvador.

S. XII: Iglesia de Santa María.

S. XVI: Plantas baja y primera del claustro. Sacristía y sala capitular. Hospedería y casa abacial. Canalización del río. Traslado del coro bajo su actual emplazamiento como coro alto.

S. XVII: Atrio de entrada. Órgano. Inicio del claustro cerrado. Ampliación de la hospedería.

S. XVIII: Última planta del claustro. Terminación del claustro cerrado. Terminación de la espadaña de la iglesia. Edificio situado al norte de la iglesia. Conclusión de la hospedería. Retablos barrocos. Pinturas de sacristía (Reiter). Caballeros y caballos del crucero (Nava).

S. XIX: Reconstrucciones parciales.

S. XX: Restauración total.

Iglesia de San Salvador

La fábrica es muy sencilla, pero de una arquitectura admirable.

(P. RISCO, Antigüedades... )

San Salvador de Valdediós es monumento de estilo prerrománico tardío. Situado en lugar privilegiado por la naturaleza, y a pesar de sus reducidas dimensiones, el popular Conventín impresiona por el equilibrio de sus formas y volúmenes. [Veánse en nuestro portal las páginas «Iglesia de San Salvador de Valdediós» y «Visita virtual a la iglesia de San Salvador de Valdediós».]

En su realización se introducen avances técnicos —Núñez Rodríguez señala, entre otros, el abovedamiento total y la luz directa—, y se aprovechan las anteriores experiencias del estilo ramirense.

Construido con sillares bien tallados en los ángulos y contrafuertes, el conjunto de sus paramentos está constituido por sillarejo, excepción hecha de algunos arcos y de la bóveda de la «capilla de los obispos», que lo están en ladrillo.

La fachada principal —oeste— presenta tres cuerpos, correspondientes a otras tantas naves, de diferente altura y bien separados entre sí por dos contrafuertes. En la parte baja del cuerpo central se abre un arco que da paso al pórtico de entrada a la iglesia. Este pórtico está dotado con dos estancias laterales, que para algunos autores tendrían la misión de ser utilizadas por los peregrinos para realizar sus penitencias.

Sobre el pórtico del cuerpo central de la fachada hay un conjunto notable: una ventana ajimezada de doble luz, coronada por bajorrelieve de la Cruz de la Victoria, sello distintivo de Alfonso III el Magno.

Culmina el cuerpo central de la fachada una espadaña rematada por una almena dentada, de clara influencia califal.

El acceso a la iglesia, desde el pórtico, se realiza a través de una puerta cuyo dintel conserva parte del epígrafe más antiguo de los que en Asturias hacen referencia a la enfermedad de la lepra. Se produce aquí la traducción y reconstrucción del Dr. Tolivar Faes:

«¡OH SALVADOR! SEA DEDICADO A TU NOMBRE ESTE SANTO TEMPLO - Y TAMBIEN CUANTAS DONACIONES AQUI HEMOS CONSAGRADO CON AMOR - POR EL CONTRARIO, CUALQUIERA QUE TEMERARIAMENTE INTENTASE QUEBRANTAR MIS OFRENDAS - CAREZCA ¡OH CRISTO! DE TU LUZ Y TRAGUELO LA TIERRA - LA MENDICIDAD Y LA LEPRA SE APODEREN DE SU DESCENDENCIA».

El interior de San Salvador es de planta basilical latina: tres naves sin crucero, siendo más alta la central. Las naves se componen de cuatro tramos, separados entre sí por pilares de planta rectangular, sobre los que apoyan arcos de medio punto. Las naves se cubren con bóveda de cañón.

La nave central es más elevada y más ancha que las laterales: 8,80 metros de altura por 2,80 metros de anchura. A los pies de la iglesia, y situada sobe el pórtico, la nave central presenta una tribuna. Su acceso se realiza por una escalera situada en la nave sur, y su utilización fue de carácter regio: era la tribuna destinada al monarca.

Las naves laterales miden 5,70 metros de altura por 1,55 metros de ancho. La longitud total del templo es de 16 metros.

La iluminación se realiza, fundamentalmente, a través de dos grupos de cuatro ventanas abiertas en lo alto y a los lados de la nave central. El efecto así conseguido es el de iluminación «hacia arriba», realzando la elevación de la nave central del templo y logrando con ello remarcar el concepto de «alto» en el sentido espiritual.

La cabecera del templo se cierra, hacia el este, con tres ábsides planos, más prominente el central, y cubiertos también con bóveda de cañón.

En el acceso del ábside central unas columnas semiadosadas exhiben capiteles con ornamentación de grandes hojas vegetales, abrazados en su parte inferior por collarino decorado en forma de soga o cuerda, de marcado carácter asturiano. El tema se repite en los capiteles que soportan el arco de medio punto situado sobre la ventana ajimezada del ábside central. El collarino sogueado se repite, iterativamente, en los capiteles del atrio real.

Los accesos a los ábsides laterales están flanqueados por columnas con capiteles decorados con profusión de hojas de acanto. Posiblemente sean capiteles tardorromanos procedentes de la villa romana de Boiges y que se reutilizaron aquí. A su vez, también es probable que sean reutilizados los fustes de las columnas —del arco triunfal y de los laterales—, pues el material de que están realizados es totalmente ajeno al existente en todo el concejo de Villaviciosa.

Las bases de los pilares más cercanos al ábside exhiben unas grandes acanaladuras. En ellas encajarían unos canceles destinados a compartimentar el templo, de acuerdo con el antiguo ritual hispanogodo.

En el fondo del ábside central se abre una triple ventana ajimezada. En su dintel se conserva la inscripción:

+ DÑI ET SALVATORIS NSI CVIVS EST DOMUS ISTA

«AL SEÑOR Y SALVADOR NUESTRO, DE QUIEN ES ESTA CASA».

Bajo el arco, y coronando la inscripción del dintel, se representan las tres cruces del Gólgota.

Sobre la capilla del ábside central se encuentra, al igual que en otras construcciones prerrománicas, la enigmática «cámara secreta», cuya presencia probablemente respondería a una simplificación de los problemas constructivos. Se comunica con el exterior por una doble ventana ajimezada, situada en la vertical y sobre la ventana triple del ábside central.

El interior del templo conserva restos de pinturas originales, cuyo objeto no sería otro que impresionar más vivamente el mundo de los sentidos y realzar la magnificencia del templo.

En el exterior, la fachada sur ofrece la particularidad de un nuevo volumen constructivo: un alargado pórtico, abovedado y de angostas dimensiones: sólo 1,60 metros de ancho por casi 8 metros de largo, dividido en cinco tramos. Los arcos de medio punto que soportan la bóveda de cañón se apoyan en capiteles primorosamente decorados. En el lado norte del atrio, los capiteles se sustentan sobre fustes de columnas semiadosadas a la pared del templo; por su parte, los del lado sur están adosados al muro y desprovistos de fuste. El collarino sogueado se repite sistemáticamente en estos capiteles.

Las ventanas del pórtico están ornamentadas con celosías de fino trabajo y clara influencia árabe. Se conoce a este pórtico con el nombre de «atrio real».

El 16 de septiembre del año 893 se inauguró, con solemne ceremonia, el nuevo templo bajo la advocación de San Salvador. En la llamada «Capilla de los obispos» (un minúsculo pórtico situado en la misma línea y al oeste del atrio real), una lápida conmemorativa, tallada en mármol nos lo recuerda:

«TU GRAN PIEDAD, ¡OH SEÑOR! RESPLANDECE EN TODAS PARTES Y SALVA MUCHAS VECES A LOS IMPIOS. CONFIESAN TODOS LOS HOMBRES QUE TU DAS VIDA A LOS MUERTOS, Y TE APLAUDE POR ESTO LA MUCHEDUMBRE, EA, PUES, YA QUE TANTO EXCEDES EN CLEMENCIA, PERDONA Y SOCORRE A ESTE MISERABLE, PUES ESTA MI ALMA HERIDA Y CAIDA EN LAS CULPAS MORTALES QUE HA COMETIDO. RESPLANDEZCA EN MI FAVOR AQUELLA TU GRACIA PIADOSA CON QUE LEVANTAS AL CAIDO Y ASISTEME CON LA MISMA PIEDAD CON QUE CUBRES Y MANTIENES A LOS QUE ESTAN EN ESTE MUNDO Y HACES BIENAVENTURADOS A LOS QUE VIVEN EN EL CIELO. FUE CONSAGRADO ESTE TEMPLO POR SIETE OBISPOS:

ROSENDO I DE MONDOÑEDO

NAUSTO DE COIMBRA

SISENANDO DE IRIA

RANULFO DE ASTORGA

ARGIMIRO DE LAMEGO

RECAREDO DE LUGO

ELECA DE ZARAGOZA

EN LA ERA DE 930 EL DIA 16 DE SEPTIEMBRE».

Iglesia de Santa María

El oratorio debe ser lo que dice su nombre, y en él no se ha de hacer ni guardar ninguna otra cosa.

(S. BENITO, Regla, cap. LII ).

La iglesia de Santa María de Valdediós constituye un valioso ejemplar de arquitectura cisterciense. Con ella se agota la etapa románica en Asturias. En cuanto a su tamaño, es la mayor de todas las iglesias de este estilo construidas en esta región. Arquitectónicamente está vinculada a la también cisterciense iglesia de Sandoval, construcción que «resulta esencial para explicar buena parte de los rasgos que presenta la iglesia del monasterio de Santa María de Valdediós» (José Carlos Valle Pérez).

Para mejor comprender la fábrica y ornamentación de esta iglesia es preciso tener presente la finalidad para la que fue construida: lugar de oración de un monasterio cisterciense. La espiritualidad de esta orden monástica marcó tan definidamente sus construcciones que éstas llegaron a conocerse, con toda justicia, como construcciones de arquitectura cisterciense.

El distintivo del estilo cisterciense es la sobriedad, el despojamiento de toda ornamentación, voluntariamente perseguido y buscado como expresión de una renuncia absoluta. Dentro de sus templos, esta renuncia a la ornamentación les llevó a formular soluciones arquitectónicas y ornamentales simples que, paradójicamente, con ello consiguieron alcanzar niveles de la más alta y pura estética. Concepto magistralmente expresado por M. Maillé: «La capilla de Claraval era hermosa por todo lo que no contenía».

En Valdediós hay que distinguir lo que es privativo de la primitiva construcción, y diferenciarlo de aquello otro que es un añadido posterior. Simplificando, se puede reseñar:

—El coro alto ocupó su lugar original, hasta el siglo XVI, en la parte delantera de la nave central.

—Los retablos, tan del gusto imperante en la época barroca, ocultan la desnudez de la piedra que cierra los ábsides desde el siglo XVIII.

—Las imágenes de caballos y caballeros del crucero fueron colocadas allí en el siglo XVIII, «con escaso acierto» según Fermín Canella.

—El atrio de entrada, del siglo XVII, así como el edificio adosado al lado norte de la iglesia, del siglo XVIII, son también añadidos sin una continuidad arquitectónica con el edificio original.

La fábrica del templo es de sillar de piedra arenisca, bien trabajado. La planta es de tres naves, con crucero de brazos ligeramente desiguales. Las naves se rematan con otras tantas capillas semicirculares, algo avanzadas sobre un tramo recto, siendo la capilla central mayor que las otras dos. La iglesia está orientada en sentido longitudinal con su portada principal abierta al oeste y los ábsides de sus capillas situados al este.

El pórtico, del siglo XVII, con cubierta abovedada que se apoya en arcos sobre pilastras, oculta la visión frontal, con perspectiva, de la portada principal. Ésta, de gran riqueza, presenta sección abocinada con cuatro columnas a cada lado, con capiteles orlados de cintas entrelazadas con toscos mascarones, sobre los que se asientan las arquivoltas, también ornamentadas con profusión. En el tímpano de la puerta hay una interesante pintura de la Virgen. A los pies de las naves laterales otras dos puertas, hoy tapiadas, abrían estas naves hacia el exterior.

Las naves del templo se dividen, cada una, en cinco tramos, separados entre sí por arcos fajones algo apuntados, y se cubren con bóveda de crucería de cuatro plementos, excepto el tramo central del crucero, que posee ocho plementos. Los tramos extremos del transepto, aquellos que sobresalen de la planta, se cubren con bóveda de cañón, también ligeramente apuntada.

En la nave central, los arcos fajones descansan sobre capiteles apoyados en ménsulas, elementos éstos característicos de la arquitectura cisterciense. También existe una ménsula aislada en el tramo sur del crucero: la correspondiente a la columna que debía de existir en el lugar en que están las escaleras. Bajo estas ménsulas los pilares y la pared correspondientes son lisos.

La separación entre nave central y naves laterales se realiza por arcos de medio punto apoyados sobre columnas semiadosadas a grandes pilares. Los arcos fajones de las naves laterales, en los que ya se apunta el inicio del estilo ojival, se apoyan sobre capiteles de columnas semiadosadas (a la pared en el lado externo del arco, y al pilar de separación de las naves en el lado interno). La labor de ornamentación de los capiteles es muy desigual. En algunos casos tienen un cierto parecido con los que soportan las arquivoltas de las puertas laterales.

Las capillas, avanzadas sobre un tramo recto cubierto con bóveda de cañón, se cierran con ábsides semicirculares cubiertos con bóvedas de horno. La desnudez cisterciense de la piedra de estos ábsides está hoy recubierta por retablos barrocos. Bajo el cuerpo del retablo central, y a ambos lados, sendos relieves muestran escenas de la vida de San Bernardo. El centro del retablo lo ocupa un nicho con la imagen barroca de la Asunción.

Ciriaco Martín Vigil cita el descubrimiento de los primitivos altares-mesa de las capillas laterales: «Completamente aislados del muro que la cierra, los planos de sus mesas son de forma rectangular, moldurados en la parte inferior, y descansan sobre cuatro columnitas de capiteles con reminiscencia del estilo corintio, y una pilastra o columna cuadrangular achaflanada en el punto medio...».

La iluminación original del templo está desvirtuada por las obras posteriormente realizadas. Se encuentran cegadas todas las ventanas de la fachada sur, las de los dos primeros tramos de la fachada norte, parte de las de la fachada oeste, y las saeteras de los ábsides en la fachada este. Hoy la zona mejor iluminada del templo es el crucero, al que se abren varias ventanas desde el este, norte y oeste, consiguiendo diferentes efectos de iluminación en el transcurso del día.

Una especial mención merece el órgano. Situado aprovechando el tercer arco de separación entre la nave central y la nave sur, tiene acceso por el coro alto. Y constituye, sin duda, una muy valiosa pieza de la organería barroca.

La sacristía, a la que se accede desde al ala sur del crucero, es de gran amplitud y con anterioridad estuvo comunicada con el claustro. Cubierta con bóveda estrellada de tipo flamígero, está ornamentada con temas inspirados en las letanías lauretanas. Tres de los lunetos están decorados con frescos de Reiter, alusivos a la vida de San Bernardo. El cuarto luneto ostenta el escudo del monasterio.

La cabecera del templo presenta en su exterior una interesante conjunto de ábsides, formado por tres capillas semicirculares bien diferenciadas, más alta y más saliente la central que las colaterales.

Las capillas laterales son de paramento liso. Presentan en su centro una pequeña ventana algo abocinada y su cornisa se sustenta en una larga serie de modillones ornamentados con motivos geométricos.

La capilla central está flanqueada por cuatro columnas adosadas que culminan en capiteles, de los que tres de ellos están profusamente ornamentados. En los tres paños que quedan ornamentados entre las columnas se abren otras tantas ventanas saeteras, algo abocinadas. El ábside central se remata en una cornisa decorada con multitud de elementos geométricos; orlas entrelazadas, estrellas, orlas ajedrezadas, etc.

El crucero norte de la iglesia se abre al exterior por una puerta que en la distribución cisterciense recibe el nombre de «puerta de los muertos» por ser la que comunica con el cementerio. Su aspecto muestra los efectos del hundimiento que en sus inicios sufrió la fábrica del templo. En el tímpano de esta puerta está la inscripción fundacional, que presenta la particularidad de tener que ser leída de abajo hacia arriba:

— GALTERIO QUI BASILICAM ISTAM

[CONTRUXIT

— POSITUM EST HOC FUNDAMENTUM

[MAGISTRO

— EPS. AUTEM OVETENSIS JOHANES

[ABBAS VALLIS DEI JOHANES QUARTUS

— XV KALD. JUN II ERA MCCC LVI

[REGNANTE DNO. ALFHONSO

[IN LEGIONE

EL 18 DE MAYO DE 1218, REINANDO ALFONSO EN LEON, SIENDO OBISPO DE OVIEDO DON JUAN Y ABAD DE VALDEDIOS JUAN CUARTO, SE PUSIERON ESTOS CIMIENTOS BAJO LA DIRECCION DEL «MAESTRO GUALTERIO» QUIEN EDIFICO ESTA BASILICA.

Valdediós y el esquema tradicional de un monasterio cisterciense

Ninguno de nuestros monasterios debe levantarse en ciudades, castillos o aldeas, sino en lugares apartados, lejos del tráfico de la gente.

(EXORDIUM PARVUM, XV, Instituta monachorum cisterciensium...)

Algunas precisiones descriptivas pueden ayudar a mejor comprender la distribución de los distintos edificios de un monasterio cisterciense. Habitualmente suelen seguir las reglas que a continuación se explican. Valdediós es un monasterio que se ajusta con fidelidad a esas normas.

La iglesia se sitúa al norte del monasterio, orientada de tal forma que la puerta principal se abra hacia el oeste y el altar mayor quede situado hacia el este. En el lado sur del transepto se abre la puerta de la sacristía, y a su lado una escalera da acceso, desde el templo, a la zona del dormitorio de los monjes. En el ala norte del transepto otra puerta comunica con el cementerio, en el exterior de la iglesia. En Valdediós se localizaron enterramientos en la zona norte del templo en el transcurso de las últimas excavaciones.

El coro de los monjes se sitúa en la nave central, parte delantera, como ocurrió en Valdediós hasta que éste fue trasladado, en el siglo XVI, a su actual emplazamiento.

El claustro, lugar importante en el monasterio, está situado al sur de las naves de la iglesia y adosado a ella. Es el lugar en cuyo derredor se desarrolla la vida de los monjes y constituye el paisaje, «abierto hacia dentro», al cual va a estar inseparablemente ligado el monje, en virtud del voto de estabilidad por él libremente asumido. En Valdediós, el claustro, de generosas proporciones, consta de tres niveles o plantas:

—El primer nivel, del siglo XVI, está formado por una galería con arcos de medio punto, algo rebajados, y balaustrada de piedra. Las columnas se apoyan sobre la balaustrada.

—El segundo nivel, del siglo XVI-XVII, está dotado de arcos carpaneles, también con balaustrada de piedra. A diferencia del anterior nivel, las columnas se apoyan en el piso, integrándose en parte en la balaustrada.

—El tercer nivel, del siglo XVIII, presenta la galería de estructura adintelada o clásica recta, con barandillas de hierro con pasamanos, y columnas abalaustradas que se apoyan en el suelo del piso.

En el centro del patio está la fuente tradicional de los claustros.

Entrando en el claustro, desde la iglesia, y a mano izquierda, una primera estancia de reducidas dimensiones, el «armarium», servía para guardar los libros del monasterio. Actualmente el antiguo «armarium» está comunicado con la sacristía.

Siguiendo por esta ala del claustro —la este— se abre a continuación otra estancia, la segunda en importancia, después de la iglesia, para el monasterio: la sala capitular. Recibe su nombre, según unos autores, por la lectura diaria de un capítulo de la Regla de San Benito que allí efectúan los monjes; según otros autores —la teoría más acreditada—, porque en este lugar se tenían las reuniones del «capítulo» de la comunidad, para la discusión y toma de decisiones importantes. Generalmente, el sitial del abad y los asientos de los monjes están adosados a la pared de esta sala.

En Valdediós hoy apenas es reconocible la sala capitular a causa de las sucesivas transformaciones que sufrió. En las esquinas quedan los arranques de los nervios de una bóveda que quizá nunca llegó a completarse. En una pared una lápida epitafio reza:

OVETENSIS ERAT ORDONIUS ISTE DECANUS QUEN GENUS EXTULLERAT

MENS SACRA LARGA MANUS QUI RELEVANS INOPES VIRTUTUM FLOR REPLETUS SEDIS DISCRETUS MULTIPLICAVIT OPES UT FACERET TOTUM CELESTEM PROSPERA FINIS CLAVSTRIS DEVOTUM SE MONACHAVIT IN HIIS HIC LATUIT SUPPLEX POST MC TER AUFER I DUPLEX.

Que Canella traduce así:

«ORDOÑO, DEAN OVETENSE, ELEVADO A ESTA DIGNIDAD POR SU RELIGION, LIBERALIDAD Y NOBLEZA; PADRE DE LOS POBRES Y BIENHECHOR DE LA IGLESIA CATEDRAL; QUE PARA LLEGAR A PERFECCION MAYOR Y ACABAR SU VIDA SANTAMENTE SE HIZO RELIGIOSO EN ESTE MONASTERIO EN 1260».

El ala sur del claustro da acceso a las dependencias de la cocina, el refectorio, y antiguamente al «calefactorium», única sala donde en las épocas de frío era posible calentarse. En Valdediós ha desaparecido la estructura interna de estas dependencias. Sin embargo, se conserva, en su integridad, la estructura de fábrica de un claustro cerrado de extraordinaria belleza, con paramentos de mampostería. En las plantas bajas de este claustro estaban distribuidas bodegas, almacenes y caballerizas.

El monasterio de Valdediós se completa con el edificio de la hospedería y la casa abacial. El conjunto arquitectónico forma parte inseparable del paisaje de aquel valle conocido «ya en la Edad Media con el nombre de Valle de Dios».

La restauración monástica

¿Qué vida tenéis si no tenéis vida juntos?

No hay vida que no sea en comunidad,

ni comunidad que no se viva en alabanza de Dios.

(T. S. ELIOT, Coros de «La Piedra»)

El 29 de julio de 1992, después de 157 años sin vida monástica desde la desamortización, se instala, en Valdediós, una pequeña comunidad cisterciense de hombres que buscan a Dios; si bien la historia comenzó ya mucho antes y entra a formar parte, directa o indirectamente, de la vida cristiana de mucha gente anónima (laicos, religiosas, presbíteros) sin la que esta empresa de restauración no hubiera podido iniciarse ni continuar.

La vida monástica no tiene otro fin último que Dios, y los monjes han abrazado esta vida como respuesta a una llamada a consagrarse sólo a este fin.

En el monasterio, escuela del servicio divino («dominici schola servitii», S. Benito, Regla, Prólogo, 45), el monje, en la celebración diaria de la alabanza de Dios, y en la meditación de su Palabra, bajo la autoridad de una regla y de un abad (Regla, cap. I, 2), vuelve al Señor del que se había alejado a través del trabajo de la obediencia. (Regla, Prólogo, 2).

Dentro del marco de la vida monástica, con su organización de la jornada en un armónico equilibrio entre oración y trabajo, el monje comparte con otros hermanos la fatiga de la fe. Junto con ellos y contando con su ayuda y apoyo, luchando contra sus propias debilidades y fragilidades, y contra su propio pecado, intenta ser un testimonio del amor de Dios que salva y redime, manifestado en Cristo por el Espíritu.

La meditación de la Palabra de Dios («Lectio divina») que le da un conocimiento no simplemente intelectual, sino experiencial de Cristo, día tras día, de forma imperceptible, lo transforma interiormente, engendrando en él los mismos sentimientos que fueron los de Cristo Jesús (Fil. 2, 5). Y hace de él un hombre que vive y actúa según Dios y que en la celebración eucarística, cumbre de la jornada, junto con Jesucristo renueva su entrega al Padre.

Fuera del mundo pero no separado de él, el monje actualiza el misterio de la plegaria de Cristo, presentando al Padre a todos los hombres con sus angustias y tristezas, con sus alegrías y esperanzas (cf. «Gaudium et Spes», 10), confiándolos a su Providencia, que cuida de todos sus hijos.

Con su existencia, el monje es testigo de la dimensión escatológica de la Iglesia y afirma con su vida el primado de Dios, dado qe el corazón del hombre está inquieto hasta qe no descansa en Él. (S. Agustín, Confesiones).

La hospedería monástica

A todos los forasteros qe se presenten, se les acogerá como a Cristo, ya que él un día ha de decir: Era forastero y me acogisteis».

(SAN BENITO, Regla, cap. LIII)

La práctica de la hospitalidad es una tradición que se remonta a los orígenes del monacato. San Benito la considera ampliamente en su Regla.

Destinada primordialmente a los «hermanos en la fe», a los peregrinos y a los pobres, no excluye en modo alguno la acogida de personas alejadas de la fe; tal como alcanzó a expresar Simone Weil, «entre dos seres humanos que no tienen experiencia de Dios el que lo niega es quizás el que está más cerca de Él». Idea que ya había expresado, de forma más radical y muchos siglos antes, el propio San Agustín: «La Iglesia tiene enemigos entre sus hijos e hijos entre sus enemigos».

Los hombres que practican la «religión sin revelación», e incluso los que niegan a Dios, tienen ocasión de vivir en la hospedería monástica la experiencia del silencio profundo, al menos como manifestación del más alto nivel estético. Aquí coinciden en armonía lo cristiano y lo humano, permitiendo así «poner en contacto lo sagrado con lo profano de modo que lo primero no resulte contaminado, sino comunicado, y lo segundo no resulte alterado, sino santificado». El hombre creyente puede vivir aquí el silencio profundo, donde es posible escchar al «Otro» sin interferencia, pues «sólo Dios habla correctamente de Dios», ya que Él es la Palabra.

Fuente: Monasterio de Santa María de Valdediós - EuroWeb Media, SL.


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